¿Quién dijo que el “Nuevo Orden Mundial” era para siempre?
Ese “orden”, construido sobre las ruinas del duopolio mundial ejercido durante
los años de la Guerra Fría, por los EEUU y la URSS, cesó cuando implosionó el
mundo comunista. Desde la caída del Muro de Berlín hasta los ataques del 11-S
de 2001 y la intervención de los EEUU en Afganistán e Irak, asistimos a poco
menos de tres lustros de unitaleralismo norteamericano y triunfo indiscutible
del modelo neoliberal y de la globalización. Y se creía que esto iba a ser para
siempre.
Pero ahora, los modelos universalistas dominantes en el
siglo XX, con sus pretensiones de uniformidad en los planos de la economía, la
política y la cultura, han caído en la obsolescencia. Después de que el bloque
socialista fuera sepultado por los escombros del muro de Berlín, la globalización
neoliberal se encamina rápidamente hacia su desaparición, y con ella su
paradigma expresado en el decálogo de "recomendaciones" del Consenso
de Washington (CW), y sus instituciones regulatorias, dando origen a un Nuevo
Orden Internacional (NOI). Sin embargo, el “populismo” está avanzando en todo
el mundo: ¿Qué es el gobierno de Trump sino “populista”? ¿Y cómo cabría llamar
al de Putin? Populista, por supuesto. Como el de Bolsonaro o como las opciones
que ya gobiernan en una franja de Europa y que pueden llegar al 20-25% de los
votos en las próximas elecciones europeas.
A diferencia de los neoliberales de derechas y de los neoliberales
socialdemócratas, estos sectores “populistas”, diferentes entre sí, pero unidos
por algunos elementos comunes, no albergan la menor simpatía por un mundo
globalizado. Los propios EEUU, conscientes de que el tiempo del unilateralismo
ha pasado y de que un país con el endeudamiento de 15 billones de dólares,
precisa reconstruir infraestructuras y modernizarse interior y uniformemente, empiezan
a ser conscientes de que la etapa “unilateralista” ha terminado. Y a aceptarlo.
Pero no es el único facto.
El proceso entrópico que atraviesa Europa, la salida de
Estados Unidos del tratado del Pacífico y sus imposiciones que dieron origen al
nuevo acuerdo comercial, USMCA, que reemplazó al NAFTA, así como la intención
de vastos sectores de la sociedad argentina y brasilera, de rever el diseño
actual del MERCOSUR, son otros tantos elementos que se unen a los ya mencionados
y que hacen pensar que un “novísimo orden mundial” está en ciernes.
Mientras Estados Unidos cuenta cada vez con más energía
"abundante y barata", los aparatos productivos de la República
Popular China (RPC) y de la Unión Europea UE), por el contrario, deben pagar precios más
altos por ese recurso fundamental, que a nivel internacional son superiores a
los imperantes en el mercado estadounidense. Ambos complejos industriales, para
competir con el norteamericano, deberían recibirlo a un valor similar.
Para ello, habría dos opciones:
1) que la Federación Rusa esté dispuesta a bajar
significativamente su precio de abastecimiento, y/o
2) que Oriente Medio se pacifique y estabilice, de tal
manera que pueda transformarse en un proveedor confiable a mediano y largo
plazo.
Ninguna de las dos tiene visos de posibilidad.
Complementariamente, otro rasgo relevante del Nuevo Orden
Mundial son las políticas de administración del comercio exterior. Entre otros
casos, se destaca EE. UU., que las aplica invocando incluso cuestiones de
seguridad y defensa nacional, impactando ello, en la penetración comercial de
terceros países en su mercado.
Así, bajo este diseño, comienza a definirse cuales son
los países ganadores o perdedores, independientemente, en este último caso, de
si adscribían a las vertientes neoliberales o socialdemócratas.

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