Tintín acaba de cumplir los noventa años. La editorial
Casterman ha realizado una nueva edición de la colección de cómics, entre los
que figura el publicado en 1931, Tintín en el Congo, que le ha valido
acusaciones de racismo y xenofobia y que incluso han sido llevadas ante los
juzgados.
El 10 de enero de 1929, Tintín nacía en las páginas del
semanario católico Le Vingtième Siècle y de su suplemento infantil, con una
aventura que le llevaba al “país de los soviets”, la siguiente aventura, sin
duda, la que ha recibido acusaciones, fue Tintín en el Congo. Aquel país era
una colonia belga en aquellos momentos y la visión que el dibujante dio
correspondía a los criterios que ostentaba la mayoría de la población belga: no
era ni racismo, ni xenofonia, sino simplemente, una actitud paternalista que
veía en los congoleños a gentes poco civilizadas, ingenuas y primitivas.
Una de las escenas más controvertidas muestra a una
congoleña haciendo una reverencia ante Tintín y diciendo: “Hombre blanco muy
bueno”. En otra, Tintín señala en la pizarra la suma “2+2” y pide a los
congoleses que lo resuelvan, pero ninguno responde… Tales son las “acusaciones”
que han llevado a los tribunales a los editores de Tintín en varias ocasiones.
Los medios “progresistas” han criticado incluso los rasgos con los que Hergé
pintaba a los congoleños: gruesos labios rojos y taparrabos no tienen
connotaciones racistas. De haberlos pintado amarillos, con ojos rasgados y
coleta, sin duda, no hubiera sido el Congo sino China en donde transcurriría la
aventura.
Estos mismos medios progresistas sostienen que, ante la
actual etapa de ascenso de las formaciones “populistas” en Europa es “peligroso”
dejar los comics de Tintín tal cual. Hay que, “deconstruirlos”. En todas las
páginas de Tintín en el Congo, esos mismos medios progresistas quieren ver “odio
étnico”. No es evidente, desde luego.
Ya en el año 2011, Tintín llegó a los tribunales; tras la
denuncia de un ciudadano belga de origen congoleño en 2007, se juzgó si Tintín en el Congo se debía prohibir su
presencia “en todo espacio público” por ser una “apología de la colonización y
del racismo”. El demandante, Bienvenu
Mbutu Mondondo, reclamaba la prohibición de la obra o la introducción de un
mensaje de advertencia sobre su contenido. “Es un insulto para los negros”,
aseguró. El abogado de la acusación, Ahmed L’Hedim, recordó que el cómic presentaba
a los congoleses como “idiotas, perezosos, incivilizados e incapaces de hablar
correctamente” y propugnaba “la
superioridad del hombre blanco sobre el negro para justificar el colonialismo”.
El tribunal desestimó la demanda y estableció que el cómic no pretende
transmitir “ideas de carácter racista, vejatorias, humillantes o degradantes
para los congoleños” y es un testimonio propio de una “época determinada”. En
el Reino Unido, el lobby inmigracionista, intentó idénticas medidas contra la
obra de Hergé.
Lo cierto es que, tanto Tintín en el Congo, como
Tintín en el país de los soviets, en su versión original, son muy primitivos,
hasta el punto de que, en 1947, fueron de nuevo rediseñados y sus diálogos
reconstruidos. El autor nunca negó que su obra representaba la opinión imperante
en la sociedad belga de la época. No ayudó, desde luego, a modificar esa
opinión, el que durante la descolonización los congoleños asesinaran a cientos
de colonos belgas y realizaran ignominiosas masacres: la independencia del
Congo, fue una de las más problemáticas de toda África y, desde entonces, el país
ha vivido en una situación de inestabilidad permanente.

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